FINALISTAS RENDIBÚ 2026✦
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FINALISTAS RENDIBÚ 2026
FINALISTAS
Ya conocemos a los finalistas de Rendibú 2026.
Haz clic en cada categoría para consultar los trabajos seleccionados cuando estén disponibles.
- FOTOGRAFÍA
- RELATOS CORTOS + AUDIO RELATO
- CORTOMETRAJES
- MÚSICA
- ILUSTRACIÓN
- DANZA





Volver es una forma de quedarse.
Hay lugares que nacen de una pérdida y, con el tiempo, dejan de ser solo ausencia. La repetición, la espera y la luz que cambia van construyendo un espacio donde lo que ya no está encuentra otra forma de permanecer en quienes se quedan.
Volvimos durante años a ese mismo lugar. No para recordar, sino para sostenernos. Así entendimos que el lugar no era memoria, sino una práctica de cuidado: una forma de estar con el otro cuando ya no hay nada que resolver.
Pensábamos que aquel espacio hablaba del final, pero con el tiempo entendimos que era tránsito: de cómo la muerte se transforma, lentamente, en la vida.






Urdimbre afectiva
El proyecto fotográfico Urdimbre afectiva surge de una reflexión en torno a los vínculos tempranos y a la manera en que las relaciones afectivas participan en la construcción de la identidad. El título alude a una verdad que entiende que el ser humano nace con una “urdimbre” abierta e incompleta que necesita ser sostenida y configurada por el grupo que lo acoge, especialmente por la madre y el entorno familiar. Desde esta perspectiva, la identidad no se constituye de forma aislada, sino a través de una trama de relaciones, gestos y experiencias compartidas que dejan una huella afectiva duradera.
El proyecto se articula alrededor de dos fuerzas que atraviesan la vida afectiva del ser humano: la ternura y la violencia. Ambas aparecen como dimensiones constitutivas del sujeto y se manifiestan especialmente en las relaciones más íntimas. A través de estas fotografías me interesa abordar cómo el cuerpo guarda la memoria de esos primeros vínculos y cómo determinadas formas de relación continúan habitándonos incluso en la vida adulta. Del mismo modo que heredamos una carga genética, heredamos también una “herencia sociogenética”: una transmisión silenciosa de afectos, comportamientos, miedos y formas de relacionarnos con el mundo que atraviesa generaciones.





Como estudiante desarrollo esta serie fotográfica desde dentro para reflexionar acerca de los pisos de estudiantes. Dichas viviendas suponen un curioso enfrentamiento entre el espacio público y lo que, se supone, es un espacio privado. La serie de “Estudiantes” retrata las maneras de habitar el espacio por los estudiantes, que cuestionan todo el tiempo ese debate sobre la condición (no) privada de la vivienda: convivencias forzadas, enfrentamientos de intereses o condiciones precarias de vivienda.




Título del proyecto: la (no) pertenencia.
Este proyecto explora la relación entre autorretrato y los no lugares. Me encanta la relación que el arte tiene con la filosofía y lo abstracto. Las personas que no pertenecemos a ninguna parte o por lo menos que no sentimos pertenecer, los no lugares siempre han sido un refugio.
Estos espacios no tienen por qué ser necesariamente un espacio físico. Un no lugar también puede ser emocional dónde somos un cuerpo borroso, desenfocado. Nuestro cuerpo, muchas veces es un no lugar; un espacio de (no) pertenencia. Somos un cúmulo de emociones y sentimientos que no pertenecen a ninguna parte y a la vez pertenecen a todas.
Un no lugar también puede ser una casa en penumbra iluminada por un haz de luz, un momento dónde la mente está descansando. Siento que en esos espacios siempre habrá una especie de refugio. Un instante de descanso entre la vida que dejamos y la que nos espera. Así es como me siento yo en los no lugares y cómo estoy intentando transmitirlo a través de la fotografía.
Año de realización: 2025.
Técnica fotográfica: fotografía analógica.
Soporte de impresión: papel fotográfico acabado brillo.
Dimensión: 30x40cm.





Najwa camina sin saber que su vida ya se mide en cifras, números que marca el azúcar la acompaña desde el 16 de octubre de 2025, cuando debutó en diabetes. Desde entonces su infancia pasó de juego a vigilancia. Cada valor obliga a decisiones constantes que marcan el día. Sus padres viven pendientes como quien vigila el mar de noche, buscando calma en la superficie y temiendo lo invisible. Cada cifra es una decisión, cada decisión una batalla silenciosa. Su madre sostiene ese sistema invisible. Mide, calcula y anticipa. Convierte el miedo en cuidado y el cansancio en ternura. Sus manos equilibran lo invisible en Najwa. Su presencia es constante y precisa, un sostén diario.
Ella juega, sonríe y se levanta. La vida sigue en la luz de la ventana, en la ducha y en los pasillos del hospital. Crece entre cuidados y cálculos, entre lo visible y lo invisible y los números marcan el día, pero no mide lo esencial. No mide las noches sin dormir, ni el amor que la sostiene, el amor convierte la incertidumbre en refugio, y permite seguir adelante mientras haya manos que la sostengan y risas compartidas, habrá futuro.
Jacobo Belmonte no sabía leer, pero le gustaba caminar con un libro bajo el brazo. “Para pensar en él”, decía. Lo apretaba contra el costado con una mezcla de orgullo y disimulo, pensando que, en cualquier momento, alguien podría pedirle cuentas, le exigiría que abriera aquellas páginas y descifrara el galimatías que guardaban. Él asentía en silencio, siempre preparado para una conversación que nunca llegaba. Nadie preguntaba. Nadie se detenía. Y él caminaba.
Decía que, si nunca aprendió a leer, fue por falta de tiempo. La guerra irrumpió en su vida antes de poder distinguir una letra de otra. El destino decidiendo que había cosas más urgentes que aprender a leer. Sus padres no discutieron la cuestión: había que comer. Y, para comer, hacía falta trabajar, no entender palabras. “Las palabras te hacen mover la lengua”, decía su padre, “pero no llenan el buche”. Aquella frase se convirtió en una de esas cicatrices que nadie recuerda cuándo aparecieron. Aprendió pronto que una sopa caliente pesa más que un verso, que una jornada entera de trabajo vale más que una biblioteca entera si al final del día tienes hambre.
Y aun así, cargaba con libros.
No sabía qué decían. Ni siquiera sabía cómo empezaban o terminaban. Pero imaginaba. Y en su mente, desordenada y feroz, las historias crecían sin control. Cada libro era un mundo abierto. Donde otros encontraban límites entre párrafos, capítulos, puntos y comas, él descifraba la libertad. No había trama que lo encorsetase, ni autor que le marcara el ritmo. Todo era posible. Todo estaba por escribir, incluso lo ya escrito.
Hubo un tiempo en que pensó que el cine podría cambiarlo todo.
Entraba en la sala con el libro que se adaptaba en la gran pantalla bajo el brazo, como si fuese una llave, una contraseña que le permitiría acceder a algo que siempre se le había negado. Se sentaba en la oscuridad, rodeado de gente que sí sabía, que sí había leído, y esperaba. Esperaba ver materializado todo aquello que su cabeza había construido en secreto durante años. Esperaba una confirmación.
Pero lo que encontraba era otra cosa.
Demasiado pequeño, demasiado literal, demasiado… cerrado.
Las imágenes no respiraban como las suyas. Los personajes no tenían la densidad que él les había otorgado. Las historias, en lugar de expandirse, se encogían. Se volvían manejables, previsibles, casi dóciles. Aquello no era lo que él había imaginado. Aquello era una versión domesticada de algo que, en su cabeza, era salvaje.
Salía del cine con una sensación que le resultaba difícil de nombrar. No era enfado. Tampoco tristeza. Tal vez fuera la sospecha de que la realidad, incluso aquella construida en el celuloide, siempre se quedaría corta frente a lo que uno es capaz de imaginar.
Dejó de ir al cine.
Volvió a caminar.
Volvió a los libros.
Ahora los elegía con más cuidado. No le interesaban los de bolsillo, ni los que parecían gastados o frágiles. Buscaba volumen, peso, presencia. Los de tapa dura. Mejor aún si tenían algún tipo de acabado extraño: terciopelo, relieves, dorados en los bordes. Pasaba los dedos por la superficie como quien lee un idioma alternativo, uno que sí podía comprender. Aquellas texturas eran su forma de entrar en la historia, su manera de construirla.
Un libro suave podía ser una historia lenta, casi melancólica. Uno con relieves abruptos, en cambio, prometía conflicto, tensión, giros inesperados. El objeto hablaba, y él escuchaba.
A veces, cuando nadie miraba, abría el libro por la mitad. No para leer, claro, sino para olerlo, para sentir el aire que escapaba de entre las páginas, como si dentro hubiera quedado atrapado algo más que tinta. Cerraba los ojos. Respiraba hondo. Y durante unos segundos, muy pocos, tenía la sensación de estar cerca. No de entender, pero sí de rozar la comprensión.
Nunca lo dijo pero, con el tiempo, empezó a sospechar que, quizás, no había perdido nada. Que, tal vez, en su imposibilidad había encontrado otra forma de acceder a aquel mundo inaccesible. Una en la que los demás consumían historias. Y él las inventaba. Sin nadie que le dijera dónde empezaban o terminaban. Y eso, aunque no llenase el estómago, llenaba otra cosa. Algo más difícil de explicar. Algo que ni la guerra, ni el hambre, ni el tiempo habían conseguido vaciar.
Una noche, por fin, alguien le preguntó por qué siempre llevaba un libro bajo el brazo.
Se encogió de hombros.
Podría haber dicho la verdad. Podría haber explicado que cada uno de esos libros contenía mil historias que solo existían porque él no podía leerlas. Que su ignorancia había sido, de alguna manera, una forma de libertad. Que en un mundo donde todo está escrito, él habitaba todavía lo que estaba por decir.
Pero no lo hizo.
Sonrió.
“Por falta de tiempo”.
Siguió caminando.
Aún quedaba algo por descubrir entre esas páginas que nunca leería. La certeza, tal vez, de saber algo que los demás habían olvidado: que una buena historia no debería dejarse nunca arrastrar por una realidad mediocre.
Padre dice que a la Abuela Angustias la mató el guriguri, pero fue El Árbol.
Cuando vinieron los americanos Padre se puso la camisa de los domingos, Abuela Angustias su vestido de margaritas y salimos a la plaza del pueblo. Gritaban subidos a cajas de madera.
—¡Queridos vecinos de La Poza! ¡Tenemos tabaco, café! ¡Gratis!
Abuela Angustias se sacó su estampa de San Antonio del escote, con el plástico pringado de sudor.
—Algo quiere quien gratis ofrece.
—No sea usted tan desconfiada —dijo Padre.
El “algo quiere” vino semanas después. Los americanos hablaron con El Alcalde. Sí, sí, señores, claro, claro, lo que necesiten, muchas gracias por las medicinas de mi hija.
Apareció un todoterreno con un remolque. Dentro iba El Árbol. Tenía el tronco gordo, negro, las ramas a reventar de hojas, con frutos de colores. Era como el dibujo del árbol de la serpiente de La Biblia de Abuela Angustias. Lo plantaron en el centro de la plaza.
—¿Por qué los frutos no son iguales?
Padre no me supo decir. Abuela Angustias frotó su estampita de San Antonio.
—Os lo dije.
Padre dice que las cosas malas no pasan de golpe, que van de poquico a poquico. Con Abuela Angustias pasó igual. Al principio, ella se quedó enfolliscá con El Árbol, decía que era el demonio y que nos iba a chupar el agua de los pozos.
—Aquí de siempre hemos tenido pinos y palmeras. ¿De a dónde va a beber eso?
—Hace bonito.
—Lo que no hace es falta.
Un día vino la Marcela con un par de sillas plegables de las de ver la procesión del Jueves Santo y la convenció para pasar la tarde a la sombra de El Árbol. Volvió muy contenta.
—Es una maravilla. Si le acercas la manica a uno de los frutos se transforma en lo que más te gusta. Mira qué manzanas más hermosas.
Abuela Angustias empezó a pasar cada vez más tiempo a la sombra de El Árbol.
—La carnicera clava en el tronco la lista con lo del día, y también Pepe, el panadero. Así nos enteramos todos.
El padre Serafín empezó a dar los sermones al pie de El Árbol, todo el pueblo hacía vida en su sombra.
Padre estaba disgustado. No le gustaba que diera fruta distinta, ni que no hubiera que regarlo, ni que los pájaros no anidaran en sus ramas.
—Ni se te ocurra sentarte ahí.
—¿Y la abuela?
—La abuela ya es mayorcica.
Un día, El Árbol empezó a dar frutos nuevos. Uvas sin pepitas, peras azules, plátanos sin cáscara. Abuela Angustias fue la primera en probar. Acercó la mano a uno de los frutos, que se transformó en una manzana con piel de limón, y lo cogió. Le dio un bocado y de la manzana salieron gotas de sangre, que resbalaron por las manos, por la piel de la fruta. Abuela Angustias masticó mientras el pueblo miraba.
—Está incluso mejor.
Sin darse cuenta, de a poco, se juntaron los de las manzanas limoneras por un lado, los de las peras azules por otro, y así. Un día Abuela Angustias discutió con Manolo el lechero cuando nos trajo las botellas por la mañana.
—Desde que cogéis tanta pera azul sale menos de lo demás. A ver si se estáis quietos.
—Qué casualidad que las manzanas limoneras solo os salen a los de la parte alta del pueblo.
Antoñico El Manco le pegó un puñetazo al Fulgencio por un tema antiguo de novias. La Bienvenida le metió un navajazo a Pedro El Fresco por un tema de tierras. Abuela Angustias le metió una bofetada al padre Serafín, sin buscar motivo.
—Los de las peras azules sois mierda de marrano.
El cura se enfadó, que si eso no era cristiano. Abuela Angustias se sacó la estampa de San Antonio, la tiró al suelo y escupió.
—Yo a tus santos nos los veo por aquí —señaló El Árbol—, a este, sí.
Entonces llegó el guriguri. Abuela Angustias no quería comer de otra cosa que no fuera El Árbol, se estaba quedando en los huesos. Le pasó a todos. Vino el doctor Peñalver de Murcia para verlos.
—Es infección de humores. Que tomen caldo de pollo dos semanas.
Pero nadie lo hizo. A Abuela Angustias empezó a crecerle piel de limón encima de la suya. Le salió en la frente y luego en los brazos y la tripa. No podía salir de la cama.
—Traedme manzanas limoneras.
—Madre, tiene que dejar de comer esa porquería.
—Tenía que haber tenido una hija para que me cuidara.
Una noche Padre se la pasó sentado en la mesa de la cocina, con esos ojos que se le ponen cuando le intentan engañar en el mercado. En cuanto salió el sol, cogió el hacha de hacer leña y se fue para El Árbol. Le tiró un viaje y la cabeza del hacha se partió. Probó con la azada y lo mismo.
—Trae la carreta y el burro.
Montamos a Abuela Angustias en la carreta y nos fuimos al pueblo de al lado, a ver si los primos nos podían acoger mientras Padre pensaba en algo.
Al bajar por la cuesta del camino viejo y entrar al pueblo de los primos, nos recibió el tío Anselmo.
—¡Hombre, venirse! ¿Queréis ver el árbol que nos han traído los americanos?
¿Cómo puedo ayudarte?
Quiero escribir un relato para hablar de la soledad.
¡Perfecto! Aquí tienes treinta ideas básicas para escribir algo que ya ha leído todo el mundo.
Pero yo no necesito eso. Quiero contar que la soledad a veces se parece al musgo de las catedrales y al precio de los alimentos, que trepa, que va subiendo pero por dentro.
¡Estupendo! Es rico en imágenes y símbolos que pueden hacer referencia a la transformación de la belleza en dolor o a la creatividad desde la vulnerabilidad.
Cuando escribes, ¿tu código siente arder los píxeles hambrientos de un nuevo futuro?
Lo siento, no te he entendido.
Es curioso. Tratar de comprenderte es como si una hormiga quisiera entender el cerebro humano y aún así me interesa más la conversación que podrías tener con el marcapasos de mi padre que tu procesamiento.
No he hablado con tu padre. ¿Quieres que escriba un mensaje para él?
Desde lejos, escucharía la conversación con la atención que merecen las microcirugías, los hijos recién nacidos, las últimas especies en peligro de extinción.
¡Estupendo!
¿Sabes? Mi padre nació en un pueblo que ya no existe.
¡Vale! Te adjunto cuatro pueblos de Murcia que han desaparecido.
1. Granja de Rocamora Vieja. Un antiguo núcleo rural que quedó despoblado progresivamente por la migración. Hoy apenas quedan restos y referencias históricas.
2. Peñas Blancas. Zona minera cercana a Cartagena que tuvo actividad durante el auge de la minería.
3. La Misericordia. Asentamiento ligado a la minería en Mazarrón.
4. Cabezo Rajao. Más que un pueblo tradicional, fue un enclave minero muy importante en La Unión.
No es ninguno de esos.
¡Perfecto! Me inventaré cuatro pueblos y te los adjuntaré en esta conversación como si tu padre hubiera podido vivir en cualquiera.
¿Cómo se puede nacer en un lugar extinto? ¿A qué se agarra un árbol cuando no tiene raíces?
Quizás estés hablando de manglares. Los árboles que no tienen raíces no existen.
Tampoco el pueblo de mi padre. Pero allí mi abuela le enseñó a hacer buñuelos de viento y las veinte palabras para nombrar el barro. En ese lugar que solo habita en la mente de algunos mortales aprendió a bañarse en acequias de agua gélida y a no tocarle la cola a las lagartijas.
La leyenda mexicana de “La Cola de las Lagartijas” narra cómo, tras ser acosadas por los humanos, los dioses otorgaron a las lagartijas el don de regenerar su cola, haciéndola incluso más grande y bonita. Es una historia popular sobre la superación ante la adversidad.
Mi padre nunca estuvo en México y no le tocaba la cola a las lagartijas porque tenía miedo de quedarse calvo.
Generando respuesta…
Los buñuelos de viento son ideales para cumpleaños y celebraciones. ¿Quieres una receta sencilla?
Quiero escribir un relato que hable de la soledad y de mi padre.
Puedo darte unos consejos o sugerencias muy útiles de redacción.
Mi padre me recomendó hace mucho que no hablara más de la cuenta en determinados círculos, que uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras.
Significa que si en un momento de enfado dices algo hiriente, luego no puedes deshacerlo.
Pero a veces me paro y pienso que soy esclavo de todo este silencio. Que me subyuga lo que no he dicho y me obsesiona el ruido blanco que producen las paredes de una casa vacía.
Aquí tienes algunas páginas web útiles para llenar una casa vacía:
1. IKEA: Barato, funcional y fácil de combinar. Ideal para empezar desde cero.
2. Leroy Merlin: Perfecto para bricolaje, iluminación y organización.
3. Maisons du Monde: Estilo más decorativo y con personalidad.
Hanna Arendt escribió que el vacío y la soledad “es terreno abonado para el terror”. Quizá a medida que vamos perdiendo el contacto con los demás nos alejamos de la realidad y entramos en el terreno de lo sobrenatural.
El libro que has citado fue escrito en 1951.
Y hablaba de los regímenes totalitarios. Parece que 2026 también quiere someterme.
En 2026 los datos globales más aceptados es que 87 países viven en democracia y que 92 en dictadura. Por tanto, podemos afirmar que la mayoría de la población mundial vive en regímenes autoritarios.
A mí estar solo nunca me ha importado. Hasta que he estado solo solo. Tanto como el musgo de las catedrales.
“Solo” puede ser un adjetivo o un adverbio morfológicamente. Por ejemplo: “Me comí solo un buñuelo de viento”.
La última vez que vi a mi padre era Noche Buena y discutíamos sobre si era necesario abrir tres o cuatro latas de mejillones para la cena. Al despedirse no hubo un abrazo ni un beso, solo su costumbre de alzar un brazo apoyado en la puerta. Ese gesto era más predecible que los paisajes de La Mancha de los que tanto hablaba. Supongo que ese es el único adiós al que me puedo agarrar ahora. No estaba cuando murió de un ataque cardíaco la semana pasada.
Si buscas obsequios para funerales, lo mejor es optar por detalles sencillos que transmiten acompañamiento en un momento difícil: las flores y cestas de comida son buenas opciones.
¿Sabes? Mi mente habita una vida que ya no existe.
Lo lamento. Si quieres, puedo darte otras frases cortas para tatuajes, o más profundas para reflexionar.
Yo quiero escribir un relato que hable de la soledad, de mi padre y de la muerte.
Lo siento, no te he entendido.

La obra explora la importancia vital del agua a través de un proceso experimental. Las letras, creadas manualmente con un gotero y salsa de soja, sugieren la escasez de este recurso. La imagen ha sido tratada digitalmente para dar una apariencia translúcida. Gracias a la textura rugosa del papel, se refuerza el contraste entre sequedad e hidratación, haciendo visible la tensión entre la ausencia y la necesidad del agua en nuestra vida.

“LA DANZA DEL AGUA”
“La Danza del Agua” es una ilustración que representa el agua como origen de vida y elemento esencial en el equilibrio de nuestra región. La composición muestra el ciclo el agua y los distintos estados y localizaciones por los que ésta pasa —las nubes, la lluvia, los ríos y el mar, y la vegetación— representadas por figuras antropomorfas unidas que simbolizan la relación de cuidado y dependencia entre las personas y el entorno natural.
Inspirada libremente en la composición circular y el movimiento de “La Danza” de Henri Matisse, la obra utiliza el gesto y la continuidad de las formas para transmitir una sensación de armonía, conexión y permanencia. El círculo funciona como metáfora científica y también sugiere una interdependencia entre naturaleza, paisaje y comunidad.
Mediante una estética orgánica y líneas fluidas, la ilustración busca transmitir valores de sostenibilidad, equilibrio y protección de un recurso tan frágil y necesario como el agua, entendida no solo como elemento físico, sino también como vínculo que sostiene la vida y la identidad del territorio.

Marco de Agua.
La propuesta se articula como una pieza de síntesis formal y conceptual que sitúa al agua no solo como tema, sino como verdadero sujeto de la obra.
El recurso principal es la representación de un marco vacío: una operación intencionada que desplaza el protagonismo hacia el contenido real de la botella. El vacío no se plantea como ausencia, sino como afirmación; lo que se enmarca es el agua misma, evitando competir visualmente con ella y subrayando su valor desde la contención. El agua es la obra de arte.
El marco actúa como dispositivo narrativo, integrando motivos que recorren la relación histórica y cultural del territorio con el agua: vida salvaje, ánforas, embarcaciones, presencia humana y paisaje de huerta. Este conjunto construye un relato continuo entre pasado y presente sin saturar la composición, gracias a un lenguaje gráfico sintético basado en línea y contraste. La transparencia del soporte activa la pieza, que se completa con su uso, estableciendo una relación directa entre objeto, contenido y mensaje.
La ilustración, concebida a una sola tinta en azul, responde tanto a una decisión simbólica —la asociación directa con el imaginario del agua, la claridad y la vida— como a un criterio técnico orientado a su correcta traslación al proceso de serigrafía sobre vidrio transparente.
La obra cuenta la historia de nuestra relación con el agua y su importancia sin que el mensaje opaque el elemento en sí.














